martes, 21 de noviembre de 2023

Heredad.

 El centauro enloquecido olfatea la noche. 

En su espalda moran cientos de peces diminutos, en constante desove. 

Sus crines de grueso animal nocturno entretejen aseveraciones multiplicadas en el infinito infernal de lo inacabado.

En sus cuencas, reemplazó sus ojos por dos trozos de vidrio.

Espera, sin respirar, el cortejo fúnebre que se le ha prometido.

Transformado, degradado, la Cuarta encarnación recoge sus extremidades (a veces 4, a veces 6, a veces número exponencial que tiende a infinito y a cero, porque la Naturaleza esperable de las cosas ha muerto con Ella) y espera, amarrado a una mesa de roble.

La rotación del planeta se ha detenido.

Eternas y frías soledades han dado paso a enormes peces abisales, que se alimentan lentamente de las escaleras, dejando al descubierto tendones y arterias palpitantes.

Un tornadocardumen de peces grises se deslizan desde el cielo del tercer piso.

Dejan en el arenoso suelo del recibidor el cuerpo esponjoso y pútrido de una hembra humana.

Aullido visceral: Todas las puertas y ventanas estallan. 

El vacío infecto de las calles, de los autos, los edificios, de los oficinistas, las máquinas de escribir, de los periódicos-letra-basura, de las esquinas maquilladas de árboles no deseados, el vacío infecto de los sombreros y los zapatos, los paraguas, la maligna reverberación de la humanidad existiendo, todo es vacío.


Me huelo la mano, la sangre de mi madre me llama desde los anchos portales de la muerte.

Me hundo en tus caderas, Madre. 

Me saco los ojos.

Cada vidrio en la yugular es ingresar nuevamente a tu matriz, Madre, ignota, desconocida, hundo más el vidrio, Madre, ahí está tu útero sagrado. Ahí está tu caverna invertida, tu pelo seco de vientos ralos. 


Madre, mírame, soy marioneta roja de tristezas: Escúpeme la verdad al caer en tus brazos.

domingo, 19 de noviembre de 2023

Encontrada.

 El temblor de los ciclos divinos ha cesado.


Un acompasado movimiento de mareas tranquilas acompaña las pequeñas algas luminiscentes y arrecifes de coral, que inexplicablemente penden de las lámparas de cristal y de los guardapolvos. 

Cierra los ojos: la cama se ha disuelto en soledades líquidas, cada vez menos espesas y más leves, pero Ella aún palpita en la solidez de su corporalidad, en sus células murientes, encaramándose desesperadas en la homeostasis, flotando, flotando, cada vez más arriba, elevando apenas su cuello y su delicada nariz, que reposa en los pocos centímetros de aire que resta en la habitación.

De pronto, la quietud. 

La brújula gira enloquecida: El origen se ha perdido. 

Sus ojos se abren como detonantes proyectiles en medio de un desierto blanco en un solo despertar de carnes dolientes sus uñas roen el yeso luego el concreto luego los ladrillos luego las vértebras de la casa cabalgando sobre sí mismo seis brazos seis piernas seis ojos malogrados por el exceso de vacío se desplazan a toda velocidad por el vertical de la casa anegada como un encorvado ciempiés ennegrecido enlutado.

Llega al minúsculo ventanuco de la habitación de Ella. Un cúmulo de peces la rodea; azota el vidrio como la muerte azota sus parietales, dieciséis veces. Sus nudillos de mudo Dios de Los Insectos atraviesan la ventana y logra quedarse con una guedeja de sus cabellos humedecidos. 





 

domingo, 12 de noviembre de 2023

He tenido que parir las palabras.


Vienen ideas a mí como olores, sensaciones, un asomo de Logos que juega a desaparecer en un infinito laberinto donde no sé quién es Teseo y quién la bestia.

A veces es difícil discernir acerca del propio cuerpo. Todo es mudanza en este mundo y de pronto siento que mi propia raíz cambia de posiciones, transita de una dimensión a otra y se rizomatiza, si es que Deleuze me permite la grosería de parafrasearlo. Por lo mismo, desde la bestia que hay en mí, cuento las lágrimas que caen al suelo, no las entiendo, sólo sé que están y que salvan el día,  alimentan con su salobre identidad el suelo del palacio. 
Asterión ama cada lágrima porque es compañía segura, Teseo va y viene. 
Voy y vengo, porque el ser heroico nunca es eterno sino en el segundo en que asume su rol, y una vez que ha acabado su cometido, el tiempo detenido vuelve al cauce natural (bestial) del reloj de arena. 
Asterión retorna a su cuerpo, aterido, herido, manido por la singularidad no-heroica. Palpitar deseando encontrarse con las manos de su padre, con las pantorrillas de Ariadna, con la humanidad que se le va de las manos cada vez que la ética escinde su persona (máscara de máscaras) y lo obliga a tomar la espada y blandirla...como si de verdad existiera un Teseo en medio del patíbulo.

Meditación.

Asombrado de su incapacidad de manifestar, Pancracio ensayaba palabras a la par que cortaba alfalfa con la hoz oxidada.
Soy Dios que observa, pero no profiere, se dijo, pero no quedó satisfecho. 
Miró la alfalfa, atravesó su materialidad con los ojos por una indefinida cantidad de tiempo. Todos los otros sentidos humanos retrajeron sus necesarias condiciones para abrirme el paso. Cuánto tiempo tuve que esperar, cuánta sangre.
Cada centímetro de la alfalfa es tejido muerto, estado de putrefacción en proceso. 
Miró de soslayo la casa. Por el ventanuco del tercer piso, una silueta de hembra moribunda enervó su papilas gustativas.
Recordó el sabor de su saliva, el insospechado y mugiente ardor de su calzón, mientras ella yacía -convulsa- en el césped.
Acarició la alfalfa como si lamiera su vestido, mientras la amarraba, amorosamente, con una soga. 

La soledad aún no inundaba los patios ni las calles, infectas de vacío. 

A veces, mis ojos alucinados

A veces, otros bosques
          otros espejos
              otras aguas de otros ríos.
Ay, Ayün, siempre debo irme
y las voces
   las voces

el susurro de tu cuerpo
es la sombra
o la semilla que dejo
en tanto que el azar
              es
el único dios que me besa.

Mis ojos alucinados
siguen el fervor animal
de mis pies:
       mi piel arde
       un fuego azul
arrasa con todo a su paso.
Hasta que llega el silencio
submarino
de mi cuerpo

dormido entre jaguares.

domingo, 5 de noviembre de 2023

Amanecer

 Ayün, hay un río que nos cruza:

El agua del río alimenta tu sustancia y la mía, que es la misma. 

Una soga, 

o quizás una dulce enredadera de copihues sale de tu ombligo y el mío.

Yo no sabía de su existencia, 

mas descubrí que tus ojos 

estaban desde antes de mis ojos, 

entonces supe 

que mi luz habitaba en tu garganta 

y, dulcísima, mudó su casa. 

Viajó por tiempos que la razón no abarca, coronó mi nacimiento, 

y allí se quedó esperando a que tú nacieras. Despertó nuevamente 

cuando descubrí tu risa, 

en el brillo amatista de tu palabra, 

en todos los farolitos de los puertos. 

Porque, ay, Ayün, 

los encendiste todos.

Y un sonido sagrado, 

cruza la silenciosa verdad de los canelos, 

y se materializa en la constante esencia

de las montañas, 

para decirnos que somos 

amanecer 

cada vez que tocamos nuestros labios.